Cristina de Suecia

Cristina de Suecia (Estocolmo, 8 de diciembre de 1626 – Roma, 19 de abril de 1689) fue reina de Suecia, duquesa de Bremen y princesa de Verden. Heredera de una de las principales monarquías de la época, no supo, o no quiso, dedicarse a sus deberes de soberana. Quiso vivir su vida. 

Hija de Gustavo II Adolfo y de María Leonor de Brandeburgo, Cristina pertenecía a la dinastía real de los Vasa, por parte de su padre. En 1627 Gustavo II Adolfo decidió confirmar a Cristina como su heredera con todos los derechos a la corona, si no nacían otros hijos varones.

Al morir su padre en la batalla de Lützen, y antes de cumplir los seis años, Cristina se convirtió en reina de Suecia, bajo la regencia del canciller Oxenstierna. Su educación fue vasta y muy cuidada, en particular en el aspecto literario y artístico. La pequeña reina fue separada de su madre y puesta al cuidado de su tía Catalina, aunque tras el fallecimiento de esta volvió al cuidado de su madre, con la que tenía una relación complicada. Esto hizo que la hermana del canciller Oxenstierna acabará siendo la encargada de su cuidado.

Esta educación la convirtió en una mujer muy culta y con una gran inquietud intelectual. Cristina de Suecia fue protectora de las letras y las artes, y se rodeó de los sabios más eminentes de su época, entre los que destacan René Descartes y Hugo Grocio, con quienes organizaba largos debates. No le interesaban los lujos, joyas o ropajes. De hecho los pantalones eran una de sus prendas favoritas. Algo poco usual en esa época para una mujer de su linaje. Tuvo una relación muy cercana con su prima Ebba, afirmando algunas fuentes que dicha relación iba mas allá de la amistad..

Proclamada mayor de edad al cumplir los dieciocho años, su reinado se inauguró con las victoriosas paces de Brömsebro (1645) y Westfalia (1648), en las que Suecia se afirmó como primera potencia del Báltico. En esta última Cristina y el canciller Oxenstierna tuvieron diferencias en la forma de llevar los acuerdos, imponiendo finalmente la reina su opinión.

Pero más que por la política, Cristina tenía interés por la vida cortesana. Su palacio se convirtió en centro de reunión de artistas y literatos de toda Europa. La fama de mecenas de la reina se había extendido por toda Europa, de esta manera llegaría a Estocolmo en 1649 el filósofo francés René Descartes, con quien Cristina ya había mantenido correspondencia desde hacía algún tiempo.

Aunque la situación económica del reino era precaria, debido principalmente a los gastos militares, la reina no dudaba en invertir en la compra de obras de arte a fin de enriquecer los bienes culturales de Suecia. Apoyó también el ballet, la ópera y el teatro.

En 1649 anunció que no contraería matrimonio alguno y declaraba heredero suyo a su primo Carlos Gustavo. El 6 de junio de 1654, en el castillo de Upsala, la reina se despojó de sus insignias reales y su primo asumió la corona de Suecia con el nombre de Carlos X Gustavo.

A partir de entonces se dedicó a viajar y pasó largas estancias en diversos países europeos. Cristina se estableció en Roma. Las reuniones que dio en su palacio de la Lungara y su pinacoteca fueron de las más importantes de la ciudad. Aspiró a la corona de Nápoles y al trono vacante de Polonia, pero ambas empresas fracasaron.

El 12 de febrero de 1660 murió súbitamente Carlos X Gustavo en Gotemburgo, dejando a su hijo Carlos XI de Suecia, de 5 años de edad, como heredero. Cristina decidió ir a su tierra natal para revisar su posición e intereses. Confirmó las condiciones de su título y las rentas, aunque se le retiraron algunos poderes.

En 1668 abandonó Suecia definitivamente y se instaló en Roma. Cristina otorgó una renta anual a Clemente IX para ayudarla en sus proyectos. Tanto ella como el cardenal Azzolino habían gestionado activamente su elección. Con los proyectos de la exreina, que comenzó a reunir a artistas, científicos e intelectuales en su residencia, la actividad cultural de Roma tomó nuevos bríos.

La última década de su vida estuvo marcada por las dificultades económicas, a pesar de que Carlos XI hizo lo posible por mantener el compromiso económico con ella. Estas dificultades la obligaron a reducir sus mecenazgos. Además, su salud comenzaba a deteriorarse.

Murió en Roma el 19 de abril de 1689, a los 62 años. Los restos de la reina descansa en la Basílica de San Pedro. 

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